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UNA RUEDA EN REVERSA…

La bici del Gastoncito tenía sus buenos años. Ya había pasado por las manos y los pies de sus tres hermanos mayores, por lo que el ruido y la fragilidad se notaban en cada pedaleada. La usaba por las mañanas, recorriendo los tres barrios de zona sur donde vendía bolsas para la basura y así juntar un par de mangos para parar la olla de la familia. A la tarde iba al colegio y por las noches completaba la tarea. No le pesaba, para nada, tenía un poder de aprehensión casi tan rápido como el de reproducir en palabras sus pensamientos. Venía copado con Historia, Lengua y Sociales, no tanto con Matemáticas, aunque las usaba para ejercitar sus reflejos, sin saberlo. Mientras estudiaba, escuchaba música y dejaba de fondo videos de Hip Hop latino de los 90. A pleno con Control Machete y Tiro de Gracia… todo un old school.

El afecto hacia los perros en ciertas edades solitarias se manifiesta con muchísima más intensidad y dependencia. Puntos extra para la deducción de Gastón, que probó la palabra “guardián” y accedió a la red wifi de Estela, la viuda de al lado. Así, el pibe aprovechó y descargó material musical como para 100 vidas seguidas.

Volvamos a la bici. Como las dos llantas estaban descentradas, la delantera tocaba en la base de la horquilla, vuelta por vuelta. Mientras que la otra daba un pequeño “toc”, al rozar los engranajes de los piñones. Pero, así y todo, la cleta se la recontra bancaba. Curiosamente, de los ruidos de una rueda y otra, es decir, entre un roce fortuito de partes y otro, fue condensándose un sonido muy particular. Una especie de cadencia de agudos y graves que, en onomatopeyas, podría resumirse así:

chuic, chuic,

bum, bum,

chuic, chuic

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chuic, chuic

bum, bum

chuic.

En la cabeza manijeada de Gastón eso no era un ruido. Por el contrario, imaginó una base proveniente de su propia bandeja de DJ a pedales, la cual le servía para tirar rimas encima y usarlas luego como recurso de marketing de venta ambulante. Incluso, como arreglo de su auto-orquestación, cuando la bici tomaba envión jugaba a girar el pedal en reversa y así provocar un nuevo sonido de “scratch”, gracias a la cadena poco aceitada de su rodado. La partitura ciclista, ahora, tendría una especie de chiflido constante entre cada “chuic, chuic – bum – bum- chuic”.

Un ejemplo de rima de presentación, tras golpear las palmas y recibir un “Hola, ¿Qué necesitas?”, desde adentro de una casa de Barrio Maipú, fue:

“Buenos días, mi doña.

Soy Gastón, dígame GaZZ.

Le ofrezco un par de bolsas por lo que me pueda dar.

Estudio por las noches, trabajo por el día.

No vengo a meter caño, mi palabra es garantía”.

A veces le devolvían una sonrisa y una compra, otras una cara de asco tan repulsiva como el portazo indiferente que le seguía. Pero así la fluía el Gastón, sublimando su laburo de vendedor durante la semana para ayudar en su rancho y guardarse unas monedas para que el bondi lo lleve los sábados a cuanta plaza encontrase con rondas de pibes rapeando.

En otro intento de venta, lanzó este pasaje aniquilante:

¿Mi aspecto le da miedo?

 ¿Acaso es por mi gorra?

 Ayudo a mi familia,

 así, vendiendo bolsas.

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 Hoy llego hasta su casa,

 sin ser una amenaza.

 La ayuda de su compra

 puede llenar mi panza”.

Según varios gallos del ambiente, el GaZZ brillaba con una rima social, testimonial y emotivamente cruda. Parecía que en sus púberes 16 hubiese concentrado 40 años de sufrimiento y las ausencias en una casa sin padre y noches de frío con algo de hambre, lo hubiesen curtido para comprender tempranamente cuál era la posta en su vida. El loco no recitaba un deseo de autos lujosos o cadenas de oro, su prosa rezaba por laburo digno, educación e igualdad de condiciones. Básicamente, rapeaba lo que adolecía y soñaba conseguir para él y los suyos. Cada día.

Un viernes, 12 del mediodía. El pibe andaba vendiendo por la zona cercana a las vías de la Malagueño. La rima final de esta historia, no salió del cerebro de GaZZ. Pero si habla de su suerte.

Se siente un grito fuerte,

 casi desgarrador.

 Mujer tirada al piso,

 Acusando dolor.

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 Llega la policía, toma su testimonio:

 Escena concurrida, señalan a un demonio:

 “Fue un negro en bicicleta, se fue por la otra esquina”

 Dijo un tachero ‘blanco’, mirando desde arriba.

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 La cana picó en llantas, buscando a su culpable.

 Alertaron por radio, para así acorralarle.

 ¿Los datos? Suficientes, “un negro en bicicleta”,

 había que encontrarlo y darle pa’ que tenga.

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 A cuatro cuadras de eso, venía rimando el GaZZ.

 Calzando gorra, bici y una mochila atrás.

 De pronto un patrullero le tira voz de “alto”

 el GaZZ no escuchó nada, seguía pedaleando.

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 Con los auriculares y en su mundo de rimas,

 no se esperaba que… terminen con su vida.

 Tiraron dos al aire y gritaron “bajate”,

 Jamás los escuchó y así llegó el remate.

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 Le dieron por la espalda, con odio a sangre fría.

 No tuvo ni la chance… de adiós a su familia.

 Al lado de su cuerpo, yacido como escoria

 Una bolsa le sirve, cómo propia, mortuoria.

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 La bici cayó a cuatro… metros de una vereda

 una rueda pa’ arriba, chillando y en reversa.

 Sin rimas y en agudos, termina la canción,

 A GaZZ lo condenaron, a una eterna prisión“.

Juan Astrain.

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EL ROCK, A VECES, SE LLEVA EN LAS VENAS

La cultura popular convive con el eterno morbo de buscar sucesores o especímenes de éxito superador en los hijos de cada superhéroe del pueblo. En un sentido estrictamente musical, existen casos interesantes a la hora de hablar de herencias en el mundo del rock. Los invito a subirnos a la coyuntura del Día del Padre para explorar apellidos que atravesaron el viaje del rock and roll. Algunos llegaron a destino, muchos otros se quedaron sin nafta.

Partiendo de un big bang que nunca ocurrió, recordamos a turbas sedientas de exitismo hollywoodense que esperaban que de la unión de Michael Jackson y Lisa Marie Presley nazca un androide superhumano capaz de hacer bailar al planeta y unirlos bajo una misma bandera de cultura occidental. Ninguna figura mesiánica salió de ese canal de parto y el linaje del Rey del Pop y el Rey del Rock se dispersó sin el resultado soñado por los bafles bancarios de la Billboard. Dicho esto, pasemos a hechos más palpables.

No me decido si decretar que ser hijo de John Lennon es un privilegio divino o es el peso más grande que un artista pueda llegar a tener. Más a sabiendas que Julian Lennon fue un hit en si mismo cuando Paul le dedicó un consuelo hermoso llamado “Hey Jude”, lanzado tras el divorcio de sus padres, o porque el propio Jules tuvo una carrera aceptable en los 80, con algunos hits que entraron en los charts y hasta una nominación al Grammy. Pero su aporte no fue más que eso y se diluyó con los años, quizás por haber intentado parecerse a papá John hasta en la caligrafía de sus portadas. En contrapartida, Sean Lennon si pudo buscar un horizonte propio desde lo experimental. Actualmente, Sean es un músico multi instrumentista que transita por distintas vivencias musicales sin seguir el termómetro de la industria. Y claro, menos no podía esperarse de un hijo de Ono y Lennon, ahijado además de Elton John.

Otra vez hablamos de un niño nacido en una dorada cuna Beatle: James McCartney. El hijo de la pareja Wings, Paul y Linda McCartney, se auto condenó declarando alguna vez querer “hacer cosas más grandes que los Beatles”. Por lo que sus canciones gancheras y métricamente correctas, no engancharon a casi nadie y quedaron en una estatura mucho más pequeña que su grandilocuente objetivo de superar a Sir Paul.

Sean Lennon y James McCartney junto (2018).

Diametralmente distintas fueron las historias de hijos que, teniendo padres icónicos de determinados géneros de la música, intentaron ganarse la vida con otro tipo de lenguajes sonoros. En este sentido, la historia del rapero Nas podría ocupar un lugar privilegiado en esta travesía de familias y melodías. Su padre fue nada menos que el trompetista, guitarrista y cantante jazzero Olu Dara. Como símbolo de perdurabilidad cultural negra, el jazz de la familia se transformó en el adn de una nueva forma de vivir el hip hop, cuando Nas debutó con el álbum Illmatic en 1993. Allí, padre e hijo compartieron notas y créditos en una placa considerada una de las piezas maestras del rap de todos los tiempos.

En términos mucho menos rupturistas, la popstar Miley Cyrus también desciende de un padre con cierto renombre. De hecho, Billy Ray Cyrus fue dueño de un hit noventoso llamado “Achy Breaky Heart” que seguramente sirvió para allanar algunos caminos y el talento de la irreverente Miley pudiera hacer el resto. Primero sonriendo dulcemente en Disney, luego rompiendo todo como la diva anti princesa que conocemos en la actualidad.

Podríamos seguir y repasar el intento fallido de la cadena MTV de aprovechar el éxito del reality show “The Osbournes” para catapultar la carrera pop de Kelly, la hija de Ozzy. La iniciativa duró solo un disco y hoy Kelly pasa sus días ligada al mundo de la moda, mientras que el Príncipe de las Tinieblas sigue eludiendo a la muerte y sacando discos que parecen anunciarla.

Un caso similar. Porque Bob Marley es para el reggae lo que Ozzy para el metal. Al dejar este mundo, Bob también dejó una buena cantidad hijos biológicos. Algunos heredaron su apellido y un pasillo de pase libre por el mundo de la música. Quien lo aprovechó un buen tiempo fue Ziggy. Mucho menos comprometido socialmente, el Marley Jr se sirvió de las similitudes físicas con padre y cierto color de su voz parecido, para hacer un reggae edulcorado que le posibilitó hacerse de ciertas ganancias. En perspectiva, la elección del nombre “Ziggy” (significa “porro pequeño”) toma sentido, al ver como su trascendencia musical duró lo que el humo por los aires.

Finalmente, en Argentina, donde todo se vive como un partido de fútbol donde todo debe sintetizarse entre “mejores o peores”, la lista parece ser interminable: Gustavo Ceratti y su indómito hijo Benito; el autor de himnos fogoneros hippies, Moris, y su hijo Antonio Birabent o el intento de espejo de Luciano Napolitano homenajeando a su padre Pappo, entre otros.

Pero buscando cerrar el círculo de este viaje lúdico sobre las herencias del rock, caemos en la genealogía de los John y Paul autóctonos: Charly y el Flaco. Mientras García tuvo una relación de amor-odio antes, durante y luego de la gestación del hijo que tuvieron junto a María Rosa Yorio, los Spinetta crecieron en una incubadora familiar y musical inquebrantable. El resultado que vamos a compartir ahora, claro, mucho tuvo que ver con esos orígenes.

Migue García, tuvo una formación musical tan exigente como cosmopolita. De estudiar música clásica con la facilidad genética heredada de sus padres, a formar una banda de thrash metal a los 12 años con la rebeldía indómita que también provenía de su adn. Pasaron muchos años y al emerger el siglo 21, el hijo de Charly sacó el álbum “Quieto o disparo”. Fue irónico, porque paradójicamente el álbum lo ubicó como revelación en el rock argentino pero que con el correr de los años lo dejó quieto y sin disparar mucha más música. Al menos de manera masiva.

Muy probablemente todo el sentido de este recorrido imaginario tenga como fin terminar en el ejemplo de Dante Spinetta. Porque quizás sea justamente él quien haya logrado apalancarse en la figura de su padre como inspiración de artista luminoso y no de un arquetipo de rockstar al cual imitar y aprovecharse de su apellido. Cuando aún carecía de vellos púbicos, Dante salió al mundo y mostró ser tan precoz como auténtico. Por eso, la impronta que con Emmanuel Horvilleur le pusieron al por entonces inexplorado rap de habla hispana durante los 90 allanó gran parte de la ruta del fenómeno hip hop de la actualidad. Casi tres décadas después, Dante se mantiene fresco y sin haberse colgado jamás de las alas de Luis Alberto.

¿Cuál de estas dos dinastías argentinas es mas McCartney o Lennon que la otra? Ese será un juego que podríamos compartir en un próximo viaje. Feliz día del padre.

Juan Astrain.

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LA CUARENTENA DE LA YOKOONIZACIÓN

Pocas figuras han sido tan demonizadas en el mundo de la música como Yoko Ono. La descendiente de un emperador japonés, cargó medio siglo en sus espaldas con el estigma de ser “la bruja que separó a los Beatles”. Injusta simplificación hacia un valiosísimo personaje que fue musa y mentora de una brillante etapa creativa de Lennon, atravesando mucho más que su faz musical.

Montaje gentileza de Ale Rizzotti.

A mas de dos meses de un contexto global de confinamiento social debido a la pandemia Covid 19, emerge en las redes sociales del rock un fenómeno que propongo bautizar como yokoonización.

Si Yoko significó el combustible estético e ideológico desde donde se motorizó el John pacifista de vanguardia post Beatles, en un sentido equiparable Polly Samson acercó a David Gilmour hacia una literatura ecológica, paisajista y familiar en el momento en el que tomó la pluma vacante de Waters, dentro de la última versión conocida de Pink Floyd y, principalmente, en la actual carrera solista de David. Pero el yokoonismo de Polly (peyorativo, en éste caso) lo carga Waters directamente contra la pareja feliz cuando hace unos días atrás declaró “¿Por qué tenemos que sentarnos a ver a Polly Samson y la Von Trapps leyéndonos fragmentos de sus novelas antes de irnos a la cama (en la cuenta oficial de Pink Floyd)”. Esto, a raíz de que David Gilmour habría decidido no publicar videos de Roger en las cuentas de la banda y si material de su esposa junto a él en el patio de su casa, semana tras semana.

En Argentina también se sucedieron escenas similares, aunque en este caso quien oficia de un Waters rabioso es el público ortodoxo del heavy metal. A días del fallecimiento del ídolo popular Sergio Denis -cantautor pop argentino-, se viralizó un particular homenaje. Particular, si, porque quien entonaba “Te quiero tanto” era nada menos que Claudio O’Connor. La voz líder de Hermética, Malón y su propia banda homónima, se caracterizó por romper estereotipos del ambiente de cuero negro durante las últimas dos décadas. Esta vez, lo hizo agitando un tribunero hit de Denis a dúo con su flamante esposa Berenice, quien desde hace algunos años lo acompaña a cada show, a pocos pasos de las luces del escenario. La fórmula Claudio-Berenice se repite con versiones de Leo García o canciones de rock nacional y, lejos de caer en un melodrama pimpinelesco, el resultado es distendido y hasta simpático.

Otro caso similar, dentro del rock duro de éstas pampas, fue el de la transmisión del primer show virtual en tiempos de pandemia ofrecido por el cantante Mario Ian. Gozando de una buena salud creativa y dedicando sus prosas al culto religioso, el ex líder de Hellion, Alakran y Devenir, construyó su carrera solista apoyado por el manejo y difusión de su mujer, Natalia. Pero para sorpresa de muchos, la manager de Ian tomó un protagonismo mayor en el concierto online ofrecido recientemente, acompañando con voces las canciones del ex frontman de Rata Blanca. En el ADN de la esquina metalera ortodoxa, duele tanto la apertura musical del matrimonio O’Connor como que el rumbo de la carrera de Ian lo maneje su señora esposa, como ocurrió con Ozzy y Sharon desde su salida de Sabbath.

Finalmente, el caso más paradigmático de este síndrome Covid Yoko en redes sociales del rock, es el de Robert Fripp. Sin discutir su condición de genio y revolucionario de la guitarra, el alma mater de King Crimson nunca se caracterizó por ser un showman sobre las tablas. Diametralmente, es todo lo contrario. Cada gesto suyo es mezquinamente medido y su contacto con el público se limita a ofrecerle sensacionales ambientes con su guitarra, más no complicidad en su rostro y, menos aún, palabras. Como ejemplo a ello, en su última visita a Argentina en octubre 2019, junto al Rey Carmesí, brindó dos conciertos memorables en Luna Park de una calidad interpretativa y emotiva difícilmente igualable. No obstante, una reverencia final y una fotografía hacia las gradas, fue el único guiño kinésico hacia el público presente.

Dicho esto, es surrealista ver durante este periodo pandémico las publicaciones que Robert Fripp comparte compulsivamente en sus redes sociales y hasta en los propios canales de comunicación de King Crimson. Literalmente, Fripp aparece bailando boleros con su mujer Toyah Willcox junto a un unicornio de peluche; en otra publicación imitan voces de monstruos de clásicas películas de terror y hasta ofrecen una coreografía vestidos con un tradicional tutú de bailarina clásica (ambos), en un jardín inglés digno del de Alicia en el País de las Maravillas. Estas escenas y muchas más, son las que jamás hubiésemos imaginado ver protagonizadas por el cuerpo de quien, hasta antes de este confinamiento social del coronavirus, era llamado a ser uno de los hombres más parcos de la historia del rock.

Yoko está a un par de años de cumplir 90, John dejó esta existencia hace casi 30. Fueron un símbolo de paz y esperanza para un mundo que por entonces también era una mierda como el de hoy. Con mensajes y aspiraciones de una valía absolutamente distintas, claramente que ni Gilmour, Fripp, Oconnor o Ian son Lennon… ni mucho menos Polly, Toyah, Berenice o Natalia son Yoko. De todas maneras, cada pareja desde la simpleza del amor hogareño, construyeron un espacio para un arte espontaneo y de naturaleza íntima, rompiendo con expectativas de un público que exige mantenerse en un orden establecido. Visto así, también es un acto de rebeldía ponderable. Es decir, eso también es rock.

Juan Astrain.

EL CUENTO DE JULIO

Arranco admitiendo que, en comparación con la generalidad del mundo, tengo una vida amena y en general feliz. Mis problemas importantes se resumen en ausencias que no tienen vuelta atrás y mis inconvenientes cotidianos son los típicos del de un tipo promedio de clase media baja, que busca llegar a fin de mes y proyectar un futuro feliz junto a su familia como eje espiritual.

En el podio de los insignificantes obstáculos de la diaria, la frase “se me rompió el auto de nuevo” gana por goleada. Aunque esta vez iba a valer la pena. Si, la pena. No se aburran de antemano. La historia no va a hablar de mí, ni tampoco de cuanto me costó cambiarle los amortiguadores al Fiat.

Había dejado el auto en el taller y, tras un llamado de “Ya está el auto, vení a buscarlo”, me fui a la parada del primero de los dos bondis para retirarlo. Me clavo un pulover, una campera encima y cuando llego a esperar el 83 me doy cuenta que mi celular es una bosta y ni importó el hecho de no tener auriculares. No hubiese podido reproducir música en él de todas formas. Encima me estaba quedando sin batería.

Pasó casi una hora y, ahora si, a lo lejos se lo veía venir al muy hijo de puta. 5 kms por hora, a leña. Ah, era lunes. El detalle no es menor. Voy en camino, pero faltaba un bondi más.

Bajo, camino una cuadra y media hacia la plaza de la Castro Barros. Oscurísimo, no se veía ni el cartelito del 22. El único sentido activo era el del oído… bocina va, bocina viene y las caras vencidas de quienes estaban arriba de los otros colectivos que pasaban eran el paisaje de las 22:30. Postal de mierda que se repite en cualquier otra ciudad enajenante del país.

De repente, un olor fétido se va acercando a mí. Era una mezcla de orina fuerte y vino tetra de dudosa aprobación sanitaria. Se oye una voz ronca: “Gringo” (con la “o” estirada). Me doy vuelta y un hombre de no más de 50 años con una barba amarillenta y un sombrero negro me miraba a medio metro. “Maestro, ¿Qué necesita?”, respondo. “¿Tenés $20 mangos que me prestes?”. Como si ante mi eventual respuesta positiva pudiese pedírselos alguna vez de vuelta…

Meto la mano en el bolsillo y le doy $10. Admito que tenía uno de 10 y otro de 50. Fin de mes, no lo dudé y solté el más chico. Cuando se los doy y extiende su mano, veo que en la otra el hombre sostenía una armónica. “¿Y eso, loco?”, le pregunto retóricamente. “¿Esto? Esto es lo único que tengo junto a mi nombre. Julio, por cierto”. Listo. Ya me cayó diez puntos el guaso. No había más vapores de meada, extendí mi mano derecha y le dije el mío para estrechársela. El 22 no llegaba. Mi celular estaba apagado y no tenía ni un libro para hacer tiempo, así que la curiosidad por el objeto de Julio me servía para amenizar la espera.

“Che, ¿Te das maña con la armónica o la tenés de amuleto?”, le tiré. Se me acercó con un gesto desencajado como para clavarme un gancho en la mandíbula, sin pestañear, a no más de 30 centímetros de mi cara. Cuando me disponía a esquivar la piña, Julio cierra los ojos y empieza cantar sobre una base blusera oscura, triste y profunda, mientras sostenía su armónica fuertemente, tanto que le sangró la palma. Ante semejante escena, me temblaron las piernas. No recuerdo ni una sola frase de la canción, pero la melancolía de esa voz quebrada y sufrida parecía salir de un pantano de Luisiana. Casi sin fuerzas, conmovido, lo aplaudo: “Bravo, bravo loco. Muy bueno… Pero a la armónica no la tocaste”. Me mira, hace un silencio y me responde… “Es que no es mía. Era de ella. Y ella ya no está”. Entendí que no debía preguntar más nada. Ni siquiera para que carajo quería esos veinte mangos.

Le debo haber caído bien, porque luego cantó una de Vox Dei y en un inglés atravesado por pestes y alcohol logró hacer un pasaje de una de Tom Waits, con mucha dignidad. El registro le quedaba bárbaro.

“Me tengo que ir Gringo, nos vemos”, se despidió en seco. Se fue metiendo hacia la oscuridad de la plaza. Lo veía marchar arrastrando su pierna derecha y le grité: “Che Julio, ¿Tenés más canciones como para venir otro día a escucharte?”. Sin darse vuelta, levanta una mano y me dice: “Si, cuando se vaya el frio caete un sábado a la tarde. Si me das los otros $10 mangos que me debés te canto la canción que le hice a ella”. Siguió caminando hasta cruzar una pérgola. Ahí fue cuando lo vi acostándose debajo de un banco, sobre unos cartones, a dos metros de un fueguito que otras dos personas habían encendido.

Llega el 22 y subo. El silencio de esa gente autómata y socialmente integrada me acompañó hasta la parada final para buscar el auto. Volví a casa manejando y aturdido por la melodía de esa armónica que nunca escuché. Pensando en la suerte de Julio… el frío, la soledad, el alcohol y sus demonios.

Pasaron un par de días, ya era sábado. Tenía una hora y media de tiempo libre para descubrir que más tenía guardado en la garganta ese viejo tosco y carismático. Estacioné, cerré el auto y bajé con una bolsa de facturas. Caminé hacia el corazón de la plaza, miré, pero no encontré a Julio. Cuando finalmente me topé con las dos personas que habían prendido el fuego el lunes les pregunté por él.

Uno de ellos me responde: “Se murió de frio el miércoles. Lo encontró la cana tirado abajo de ese banquito”. Sin responder nada, les dejé las facturas y me senté en el banquito. Debajo estaban los cartones, el hedor del abandono y la armónica. Esa que nunca oí, pero aun me aturde con su tristeza.

Juan Astrain, julio de 2019.

MELÓPOLIS

Puede tener falsas aspiraciones a un cuento de fantasía, pero la historia es cierta. No cargo con ninguna prueba ni fuente confiable, más sigo pensando que el lugar es real…

La bandeja giradiscos estaba conectada. Su dueño aprovechó las circunstancias, era sábado y la familia completa dormía mientras él, aún sin desayunar, tenía bajo el brazo “Wish you were here” de Floyd. Internamente, buscaba cierto tipo de vibraciones.

Sacó el disco de su sobre contenedor, limpió las impurezas superficiales con un retazo de remera de algodón y una mezcla de alcohol isopropílico con agua y, finalmente, lo colocó en su Thorens TD 104, esperando que empiece a brillar el diamante loco, justo a las 7:34 de esa mañana de otoño.

De repente, milésimas de segundos antes de finalizar la melancólica introducción instrumental de la primera canción, sin dejar a Mr. David entonar el recuerdo a un ser querido en su juventud, la música dejó de sonar. De la nada, de golpe.

Sin entender la razón, el tipo se acercó al equipo de sonido y vió que todo estaba bien… Al menos a simple vista. Se rasca la cabeza, hace una mueca y vuelve a observar. Es allí cuando advierte que el giro del disco llevaba una velocidad extraña, ni lenta ni rápida. Extraña. Inmediatamente, comienza a sentir mareo severo muy difícil de adjetivar y todo le da vueltas. Ve luces de colores salpicando una noche negra de estrellas por toda la extensión del hogar.

Atónito, se cae al suelo, luego se levanta sorprendido y vuelve a observar la bandeja. “¿Qué mierda pasa, loco?”, se pregunta. Las luces indicadoras de las revoluciones “33” y “45” están apagadas pero ahora, extrañamente, brilla una luz en medio de ambas… “¿Se tratará de un punto intermedio de velocidades del equipo?”, pensaba mientras no quitaba la vista del tocadiscos.

En un parpadeo y de repente se lo oyó a Gilmour retomar la canción, pero el sonido ya no provenía de los parlantes si no de toda la casa. El hombre fue corriendo al baño, se mojó el rostro con agua helada y volvió a la sala. “Shine on you crazy diamond” seguía filtrándose cuadrafónicamente en cada rincón. Le latía fuerte el corazón, como nunca, más no sentía miedo. Sabía que lo que estaba experimentando no era normal, pero paradójicamente lo invadía una sensación de paz jamás antes vivida.

Quedan pocos giros antes de que la canción finalice. Regresó a observar la luz que brillaba entre los indicadores “33” y “45” e intentó tocarla con su mano. Ahí fue cuando todo cobró sentido desde el sinsentido…

Fue ese instante, en donde el hombre quiso palpar el brillo entre las dos revoluciones, cuando de su garganta -mitad de camino entre el corazón y el cerebro- nació una palabra jamás antes oída ni pronunciada: “Melópolis“.

Desde aquella inverosímil y espontánea revelación, el hombre vive cada semana esperando llegar al día sábado. Para que el reloj marque las 7:34 y, en un peaje atemporal de las 33 y 45 revoluciones de su bandeja giradiscos, su viaje a la dimensión “Melópolis” lo llene de colores internos, paz y amor en cada disco elegido. 

Juan Astrain, junio 2019 (y puntadas de lapiz negro en junio 2020).



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